Cochabamba

Arzobispo de Cochabamba: “Queremos nosotros también ser pequeños y grandes testigos del Resucitado”

Tercer Domingo de Pascua, Jornada de la Infancia y Adolescencia Misionera, Mons. Oscar Aparicio en la homilía, llamó a que la experiencia de ser testigos de Jesús Resucitado pueda transformar la vida de cada uno y ser contagiada por el mundo, donde se manifieste el amor plenamente, a ejemplo de los pequeños misioneros. Con ello, señaló que es necesario reconocer también que el ser discípulos del Señor conlleva dolor y sufrimiento, pero el Resucitado acompaña y fortalece, haciéndose alimento en la Eucaristía.

Homilía de Mons. Oscar Aparicio

Primero que nada, quisiera simplemente compartir brevísimamente lo que ha sido el comunicado de los obispos que hemos estado reunidos durante esta semana en la Casa Maurer y hemos hecho al final un comunicado. Primero es el anuncio, el anuncio de poner nuestra confianza en el Señor, mirar la realidad, ciertamente con ojos de fe, sabiendo que hay muchos desafíos, muchos problemas. Sin embargo, es fundamental mirar esto también, repito, con estos ojos de la fe. Y aunque ahí está esta serie de problemas y de desafíos, estamos llamados a ser testigos de la resurrección.

Fundamental es una actitud de paz, de reconciliación. Por eso la esperanza en Cristo resucitado viene con estas palabras que el mismo Señor ya nos ha dicho: La paz esté con ustedes. Es aquello que compartimos también para que absolutamente nuestro pueblo aquí en Bolivia reciba este mensaje también de paz. Y al mismo tiempo, junto al Resucitado, nosotros seremos mensajeros de paz. Depende de nosotros para hacer posible que esta paz esté entre nosotros.

Hermanos, creo que esto es fundamental en nuestra vida también cotidiana. Vean que después tiene mucha referencia en lo que estamos escuchando y estamos viviendo con la Palabra de Dios en este tiempo. Y, por otro lado, y lo último es este anuncio de seguir anunciando el Evangelio, proclamar la buena noticia a toda criatura. Es el mandato del Señor que nos involucra a nosotros y aquí en Bolivia. Y por último está mencionando también cuando se refiere al día de hoy, el día del trabajo que he dicho también al inicio, el 1 de mayo que saludamos a todos los trabajadores y les invitamos a seguir participando de la obra creadora de Dios, a ejemplo de San José Obrero.

Les invito pues entonces que ustedes puedan, me imagino que ya así lo han reflexionado, lo han vivido, han recibido, este mensaje. Aquellos que no lo han hecho, les invito a leerlo, leer un poco porque es el mensaje al pueblo de Dios.

Referente a lo que estamos celebrando hoy. La Palabra de Dios, es el tercer domingo del tiempo pascual. Y vean que hay un hilo, un hilo conductor en todo esto. Es lo que me he esforzado decir todo este tiempo, que este hilo conductor está de alguna manera sintetizada en la palabra “testigo”. Sean testigos de este Evangelio, de esta resurrección. Ya de hecho, se anunciaba a aquellas mujeres, dice ¿Por qué buscan así ustedes entre los muertos al que vive? No está aquí. Ustedes anuncien, pero sean testigos de que esto realmente es así. Por eso la secuencia de Pascua es muy bella cuando le pregunta a María, María que has visto en el camino. He visto los ángeles, he visto el sudario, he visto a Cristo que vive. Lo mismo dirán los Apóstoles anunciarán al que vive, al Resucitado. Los discípulos de Emaús, aquellos que caminan junto a Jesús y después los reconocen en la Eucaristía al partir el pan: Acaso no ardía nuestro corazón cuando Él nos hablaba de la Palabra. Y luego, retornando a sus compañeros, dice: Somos testigos, hemos visto al Señor. Es verdad lo que nos han contado las mujeres. O cuando los discípulos le dicen a Tomás, los 11 le dicen a Tomás: Hemos visto al Señor. Es verdad, vive, ha resucitado. Y será después Tomás mismo el que dirá: Ahora sí te he visto. Ahora sí te he tocado. He hecho una experiencia real de que de verdad eres tú el que vive.

Vean que en este itinerario se ha aumentado algo fundamental, es el hecho de que para ser testigo es fundamental conocer al Señor. Es hacer experiencia del Resucitado en nuestra vida cotidiana. Y esto estamos también invitados nosotros. Hoy parece que se añade algo muy particular, en el ser testigos. Para ser testigos del Señor, teniendo esta experiencia real y verdadera del Señor, hay algo que también conlleva a esta misión o este ser testigos: Habrá también persecución. De hecho, cuando reprocha Pedro: Aquellos que han crucificado al Señor, dice concretamente. Nosotros somos testigos de que es verdad que Cristo vive al que ustedes crucificaron. Y esto le trae problemas. Y sabemos a qué punto llega su problema, porque también es crucificado. Da la vida por este evangelio. Estamos llamados también a esto.

Y al final del Evangelio de hoy, hay unos detalles hermosísimos, cuando le dice: Pedro, ¿me amas? Sabes que te amo, señor. Apacienta mis ovejas. Pedro. ¿Me amas? Sabes que te quiero, Señor. Apacienta mis ovejas. Pedro. ¿Me amas? Sí, señor. Casi que a la insistencia se siente en una situación así de ser increpado. Y esto, hermanos, no es sólo para decir que como lo ha negado tres veces, tres veces debe manifestar también su amor. Hay algo fundamental, frente a la situación y la misión difícil, o se lo hace con amor o si no, no tiene sentido. Se apacienta al rebaño en una entrega total, en la experiencia del Resucitado que ha entregado la vida por amor a la humanidad. O si no, no se puede ser testigo habilitado total y plenamente.

Por eso hoy día la Infancia Misionera nos trae algo de bello también a nosotros. ¿Ustedes han visto a estos niños? Los más jovencitos también, los niños y la adolescencia misionera. Yo por lo menos cuando los veo, estos pequeñitos, pequeñitos, que se entregan a la misión. A veces ni tienen los conceptos teológicos, no los pueden tener ni tienen grandes, grandes conocimientos. A lo mejor incluso están siendo catequizados recién. Sin embargo, el solo verlos da ternura, porque en toda su entrega, en todo su entusiasmo, en todo su amor, diríamos, se convierten en testigos del Evangelio de la vida. Y aunque no sepan decir con grandes palabras aquello que han experimentado y viven, lo dicen con tal amor, con tal inocencia que nos llena el corazón a todos.

Quién no puede bajar, bajar de verdad todo su ímpetu o de orgullo de lo que sea, viendo a un niño que te anuncia el Evangelio. Por eso, tú me amas, dirá al Señor. Tú que eres misionero, discípulo, misionero, ¿me amas? Queremos nosotros también ser pequeños y grandes testigos del Resucitado.

Y, por último, hermanos, ven que el Evangelio se refiere otra vez a Cristo resucitado. Por tercera vez se apareció Cristo a sus discípulos. Lo hace de una manera muy peculiar: Muchachos, ustedes que son grandes pescadores, ustedes que saben de su oficio, son grandes trabajadores, echen las redes. Hay que recordar que los discípulos habían sido, habían entrado, a través de otros textos lo sabemos, en la frustración de la pesca. Sin embargo, porque confían en aquella voz, echan las redes y cuánto de pesca produce. Hasta los números dan. Sería lindo llegar a fondo de todo lo que significan estos gestos, estos números, pero en realidad es la manifestación de Dios que realiza obras maravillosas multiplicadas. Muchachos, echen las redes, sean anunciadores del Evangelio de esperanza, de amor.

Es posible, hermanos, con el espíritu del Resucitado, ser auténticamente testigos capacitados para hacer obras de vida eterna. A esto estamos llamados, y esta es la buena noticia que debe recibir también nuestro pueblo a través de nosotros, aunque seamos frágiles y pequeños. Si el Señor vive es porque podemos perdonarnos. Si el Señor vive es porque podemos reconocernos como hermanos y hermanas. El Señor vive porque podemos enfrentar nuestros desafíos y problemas. El Señor vive porque podemos hacer que el poder sea más bien realizado en servicio a los demás.

Pedro, ¿me amas? Si queremos experimentar la resurrección y anunciarla, necesitamos sentarnos en la mesa del Señor. Vean, porque el Evangelio después dice aquello ¿no es cierto? Han pescado, traigan los peces. Aunque se dan cuenta que ya había habido ya la mesa preparada, De alguna manera el Señor está esperándoles ya con alimento. Es la Eucaristía, es la presencia permanente y real del Resucitado en nosotros, anunciada por nosotros; compartimos la mesa. Si vivimos la Eucaristía es la eterna Pascua del Señor. Pero es posible celebrar la Eucaristía también en medio de nuestra realidad. Justamente otra vez, porque el Señor nos lo permite. Y en este espíritu pascual nosotros podemos hacer posible esta presencia del Señor en medio de nosotros.

Hay que despojarse de egoísmos, de envidias, del demasiado yoísmo, despojarse de las violencias. Hay que amar para que el Señor, Eucaristía, presencia real y verdadera, a la que nosotros acudimos, se halla presente en medio de nosotros. ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? Está resucitado. Aleluya, Aleluya.

Fuente: Iglesia Cochabamba