Sucre

ARTÍCULO DE MONS. JESÚS PÉREZ: “DESDIABOLIZACIÓN” (29-1-12)

El evangelio de hoy, tomado de Marcos 1,21-28, nos presenta a Jesús asistiendo a la sinagoga a la escucha de la Palabra de Dios y al culto de alabanza y súplica que se hacía según la tradición israelita. Ahí realiza Jesús el primer milagro, según el evangelista Marcos, liberando del diablo a un “hombre que tenía un espíritu inmundo” (Mc 1,23).

Este primer milagro provoca la admiración de todos porque enseña con “autoridad” y porque desdiaboliza a un hombre con la fuerza de Dios. Jesús es Dios y hombre. Esto no llegan a captarlo ni los discípulos ni la gente congregada en la sinagoga. El milagro deja a todos estupefactos y se preguntan: “¿qué es esto?” (Mc 1,27). Les lleva a la pregunta ¿quién es este hombre?

Jesús cumple a cabalidad lo que anunciaba Moisés antes que el pueblo entrara en la tierra prometida, el anuncio de Dios “suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca” (Dt 18,18). ¡Cuántas veces dijo Cristo, especialmente en el evangelio de Juan que, lo que enseñaba era lo que había oído a su Padre!

Un profeta no es necesariamente el que anuncia cosas futuras. Profeta es el que habla en nombre de Dios, el que revela los misterios de la vida de Dios. Dios quiere comunicarse a través de personas de carne y huevo, aunque tengan defectos y limitaciones. El domingo pasado escuchábamos al profeta Jonás, del cual Dios se sirvió, a pesar de los grandes defectos, para comunicar su misericordia, su salvación.

Moisés fue legislador y gobernó al pueblo de Dios durante cuarenta años. Moisés fue, además, mediador de la antigua alianza y conversaba con Dios “cara a cara como habla una persona con su amigo” (Ex 33,11). Pero, Moisés tuvo sus pecados de desconfianza en el Dios que salva a su pueblo.

“¿Quién es este hombre Jesús?”, se preguntaban los que veían los milagros que hacía. Jesús es el nuevo legislador y el mediador de la nueva alianza. La nueva ley es de gracia, de misericordia. Es la ley del amor. Jesús es el nuevo profeta que enseña con autoridad porque es Dios aunque asumió la naturaleza humana. Jesús se autoproclama “camino, verdad y vida” (Jn 14,6).

La predicación de Jesús fue valiente y libre frente a las costumbres y tradiciones, frente a la ley, todo esto significa proclamarse superior a todos. La palabra de Jesús estaba avalada por su vida entera, por su superioridad en superar y acallar al demonio, aunque “Jesús dialoga hasta con los demonios para humanizar a la gente” (Cardenal Martini).

Cristo se impone a los demonios, los manda guardar silencio: “cállate y sal de él” (Mc 1,25). Jesús sabe que los demonios le conocen, o sea, saben que es Hijo de Dios. Jesús les impide hablar porque aún no ha llegado el momento de manifestar su divinidad.

Nos dice un escritor religioso: “con frecuencia en la literatura, el cine y la televisión se muestran al diablo como una fuerza igual o superior a Dios que posee física, emocional y mentalmente al hombre, que destruye a los seres humanos sin que el Señor haga nada por proteger a esas indefensas criaturas. Estos conceptos son contrarios a nuestra fe y no debemos permitir que contaminen el auténtico mensaje de Jesús. El regenerado por la gracia, lejos del pecado, está protegido por Cristo. Nada puede el maligno contra él” (H. Rivas).

Cristo viene al mundo a anunciar el Reino de Dios e instaurarlo no sólo con la fuerza de su Palabra sino sobre todo con la fuerza poderosa de su ser Dios, Él es el Todopoderoso. Jesús nos advierte que viene como “el más fuerte” y realmente lo demuestra. Esto lo hace, no siguiendo fórmulas a la manera de los exorcistas de su tiempo sino con la fuerza divina que radica en él y claramente lo expresa en la orden determinante, “cállate y sal de él” (Mc 1,25).

Cristo también hoy nos sigue ofreciendo un camino de vida, de felicidad y de amor. Cristo no defrauda a quien confía en él. Por ello, debemos optar radicalmente por Cristo trabajando en la lucha contra el mal, el cual está en nuestro interior, en nosotros mismos. Debemos evitar todo aquello que nos conduce al pecado. Cristo nos enseña a no dejarnos vencer por el maligno. Nos enseñó a pedir en el rezo del Padrenuestro “líbranos del mal, líbranos del Maligno” (Mt 6,13), o sea del demonio.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE