Santa Cruz

“Aquellos que descalifican al otro, se descalifican a si mismos” Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy tenemos la dicha de contar en nuestra Eucaristía dominical con la presencia de los delegados a la XVI Asamblea de Agentes de Pastoral, comprometidos en la elaboración del plan pastoral Arquidiocesano, cuyos objetivos y líneas guiarán el caminar de nuestra Iglesia en los próximos cinco años.

También tenemos la alegría de dar la bienvenida a los delegados de la Nuevas Generaciones Religiosas de Bolivia reunidos en su Encuentro Nacional acá en Santa Cruz con el tema: “Comunidad, escuela de Amor al servicio de la vida”. Ellos son jóvenes y señoritas que han decidió vivir en radicalidad su bautismo, como terreno fértil que acoge con apertura y disponibilidad la llamada de Dios.

Las lecturas de este domingo nos presentan justamente dos lindas imágenes acerca de la Palabra de Dios:

– En la primera el profeta Isaías la compara a la nieve y a la lluvia que bajan del cielo para fecundar la tierra;

– Y En la otra, Jesús la equipara a una semilla sembrada en terrenos distintos y que dará cosechas muy disparejas.

El profeta Isaías (1ª lectura), con esa imagen hermosa y poética, habla de la fecundidad de la Palabra de Dios al pueblo de Israel que, en exilio, estaba expuesto a la tentación del desaliento y desilusión. Es una apremiante invitación a los israelitas para que se conviertan y confíen en el Señor, en renovada fidelidad a la alianza. Dios es fiel, y eso es tan cierto como la lluvia y la nieve que bajan del cielo y no vuelven al cielo sin haber hecho posible que la tierra de frutos.

En el Evangelio de hoy, parte de un discurso de siete parábolas, Jesús hace una invitación a la escucha acogedora del Reino de Dios. Él narra esta parábola sentado a orillas del mar, rodeado de sus discípulos y por mucha gente, una mezcla de toda clase de personas: los que tienen hambre de la Palabra de Dios, pero también personas curiosas y algunos, incluso, con la intención de darle la contra. Jesús, apretado por la multitud, se ve obligado a subir a un bote y desde allí comienza a predicar en parábolas y no en forma directa y explícita. La parábola que hemos escuchado hoy, presenta distintos actores: el sembrador en acción, la semilla, el terreno y la cosecha. El ejemplo de la semilla, es algo que esas personas, por su extracción campesina, entienden bien, lo que no comprenden es la enseñanza que Jesús quiere dar.

Por eso, terminada la predicación, los discípulos, extrañados por el modo de enseñar de Jesús, se apartan de la gente y se le acercan pidiendo que les explique el sentido de la parábola. Él responde a partir de una primera constatación: las parábolas son incomprensibles sólo para aquellos que adrede no quieren escuchar y que se oponen a la verdad, para los que están encerrados en sus propias seguridades y en sus propias ideas.

Es el corazón que abre o cierra los ojos y los oídos, que permite entender y aceptar o rechazar el mensaje de salvación. Por eso Jesús proclama dichosos los ojos y oídos de los discípulos, sus seguidores, porque sus sentidos son transparentes y abiertos, y son más dichosos incluso que tantos profetas y justos del Antiguo Testamento que desearon ver y sentir y no les fue posible. El discurso en parábolas se muestra idóneo para hablar del misterio del Reino de Dios, porque este proyecto de Dios es algo que nosotros no podemos desentrañar en su totalidad tampoco podemos acoger del todo ese misterio de la persona de Jesús que encarna este misterio y en quien el Reino del Padre se hace realidad visible.

Jesús acepta el pedido de los discípulos y contesta presentando los distintos actores:

El sembrador es Dios mismo, que toma la iniciativa libremente y por amor, y que siembra con abundancia, con generosidad esa palabra para todos indistintamente, buenos y malos, Dios en su gran amor, nos trata a todos por igual.

La semilla es la palabra de Dios que tiene en sí la posibilidad de dar fruto, cuando encuentra un corazón y un espíritu abierto a escuchar y recibirla.

Los distintos terrenos, no sólo representan a las varias clases de personas que escuchan a Jesús, también a nuestras diversas actitudes interiores ante el anuncio de la Palabra de Dios, a veces estamos atentos y disponibles, otras veces distraídos y cerrados:

– el camino: representa a las personas que oyen la palabra de Dios pero no les interesa y no la entienden y se la dejan robar en seguida por el enemigo, por Satanás.

– El Terreno pedregoso, personifica a los que se entusiasman fácilmente con la Palabra, pero que la dejan secar sin dar fruto por la superficialidad, la falta de perseverancia, y por el miedo ante las dificultades, incomprensiones y persecuciones.

– Los espinos: encarnan a quienes acogen bien la palabra, pero la dejan ahogar paulatinamente porque no despejan su corazón de los espinos de las preocupaciones mundanas, la incoherencia de vida, los intereses, las riquezas, el prestigio, el poder.

El terreno fértil que da fruto abundante, son los que escuchan y abren su corazón a la Palabra: en estos la semilla tiene eficacia, da fruto abundante y el Reino de Dios crece y se desarrolla.

Estas palabras de Jesús, nos ponen ante el drama más profundo de la historia de la humanidad y de nuestra relación con Dios. Los seres humanos tenemos la libertad de aceptar o rechazar su Palabra, dada por amor, para que tengamos vida, liberación de todos los males y salvación. Él no nos obliga, deja en nuestras manos si queremos o no corresponder.

A nosotros decidir si dejamos fructificar esa semilla en nuestras vidas y en la sociedad. Los creyentes que hemos recibido el don de la fe por el bautismo, tenemos los medios para comprender el valor de la Palabra, para escucharla y ponerla en práctica con coherencia, para ser terreno fértil y dar fruto, aún en medio de nuestras debilidades y las dificultades de la vida. Si acogemos su Palabra, producimos los frutos del Reino, que son la justicia, la fraternidad, la equidad y la paz en esta vida con miras a la vida eterna. Esta invitación a ser buen terreno que acoge la Palabra de Dios, no es solo para los cristianos praticantes, es para todos y en todos los ámbitos de la convivencia familiar, social y política.

En estos tiempos de campaña electoral, la invitación a abrir los oídos y el corazón a la Palabra, se dirige también a los miembros de los partidos, agrupaciones ciudadanas y a los candidatos, una palabra que les pide:

– máximo respeto a los antagonistas, venciendo a la tentación del insulto y la descalificación; Aquellos que descalifican al otro, se descalifican a si mismos y creo que la gente se dará cuenta de esto.

– también exige el diálogo sincero y abierto para cotejar programas, reales y alcanzables, para que los electores puedan votar conscientemente;

– confiar en la bondad de los programas, desterrando transfugios, dádivas, sobornos y prebendas,

– actitudes de servicio y no de poder, poniendo como meta el bien común de todos los bolivianos, excluyendo favoritismos e intereses propios.

La Palabra de Dios es radical y comprometedora, para ponerla en práctica se exige valentía. Por eso pidamos al Señor que ayude a todos nosotros, cada cual según su responsabilidad, a acogerla y ser terreno fértil que produce reconciliación, comprensión, justicia y solidaridad en nuestra vida y en nuestro país.

Amén