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Mons. Vicente Jiménez Zamora: "La resurrección de los muertos"

Nov 03, 2017

Cree­mos fir­me­men­te, y así lo es­pe­ra­mos, que del mis­mo modo que Cris­to ha re­su­ci­ta­do ver­da­de­ra­men­te de en­tre los muer­tos, y que vive para siem­pre, igual­men­te los jus­tos des­pués de su muer­te vi­vi­rán para siem­pre con Cris­to re­su­ci­ta­do y que Él los re­su­ci­ta­rá en el úl­ti­mo día (cfr. Jn 6, 39-40).


Creer en la re­su­rrec­ción de los muer­tos ha sido des­de sus co­mien­zos un ele­men­to esen­cial de nues­tra fe cris­tia­na. “La re­su­rrec­ción de los muer­tos es es­pe­ran­za de los cris­tia­nos; so­mos cris­tia­nos por creer en ella” (Ter­tu­liano). “Si Cris­to no ha re­su­ci­ta­do, vana es nues­tra pre­di­ca­ción y vana tam­bién nues­tra fe” (1 Cor 15, 14).

Cuan­do una per­so­na mue­re, su cuer­po es en­te­rra­do o in­ci­ne­ra­do. A pe­sar de ello cree­mos que hay una vida des­pués de la muer­te para esa per­so­na. Je­sús se ha mos­tra­do en su Re­su­rrec­ción como Se­ñor de la muer­te; su pa­la­bra es dig­na de fe: “”Yo soy la re­su­rrec­ción y la vida: el que cree en mí, aun­que haya muer­to, vi­vi­rá; y el que está vivo y cree en mí, no mo­ri­rá para siem­pre” (Jn 11, 25-26).

La fe tes­ti­mo­nia­da en el Nue­vo Tes­ta­men­to lee en la re­su­rrec­ción de Cris­to el fu­tu­ro úl­ti­mo del hom­bre y del mun­do, fun­dan­do un es­ti­lo de es­pe­ran­za vi­gi­lan­te pro­pio de la exis­ten­cia re­di­mi­da y con­fe­san­do la be­lle­za de es­tar con Cris­to o vi­vien­do el dra­ma de un irre­vo­ca­ble re­cha­zo en la con­de­na­ción eter­na.

Es­tar con Cris­to en la vida eter­na. La con­vic­ción de es­tar con Cris­to des­pués de la muer­te es reite­ra­da por San Pa­blo: “Siem­pre lle­nos de buen áni­mo y sa­bien­do que, mien­tras ha­bi­ta­mos en el cuer­po, es­ta­mos des­te­rra­dos le­jos del Se­ñor, ca­mi­na­mos en la fe y no en vi­sión. Pero es­ta­mos de buen áni­mo y pre­fe­ri­mos ser des­te­rra­dos del cuer­po y vi­vir jun­to al Se­ñor” (2 Cor 5, 6-8). El após­tol, que no re­nun­cia a las fa­ti­gas de la mi­sión, no ocul­ta sin em­bar­go el de­seo de la muer­te para es­tar con Cris­to (cfr. Flp 1, 23), mos­tran­do la se­gu­ra es­pe­ran­za que la muer­te in­tro­du­ce in­me­dia­ta­men­te en una exis­ten­cia con Cris­to, desea­ble y me­jor que la ac­tual vida te­rre­na.

Ale­jar­se de Cris­to. La al­ter­na­ti­va a es­tar con Cris­to en la vida ter­na es ale­jar­se de Él, el per­ma­ne­cer fue­ra, el ser ex­pul­sa­do del ban­que­te, en el dra­ma de una muer­te al que el len­gua­je del Nue­vo Tes­ta­men­to atri­bu­ye las imá­ge­nes de “gehen­na de fue­go” (Mt 19, 9), “horno de fue­go” (Mt 13, 50), “fue­go que no se apa­ga” ( Mc 9, 43.48), “lago de fue­go que arde en azu­fre” (Ap 19, 20). Es­tas imá­ge­nes, fa­mi­lia­res en el uni­ver­so cul­tu­ral de la Igle­sia na­cien­te, ex­pre­san la tris­te­za del fra­ca­so irre­vo­ca­ble, la tra­ge­dia del re­cha­zo del don de Dios y sus con­se­cuen­cias so­bre el hom­bre en el pre­sen­te de su vida te­rre­na y en el fu­tu­ro de la vida más allá de la muer­te y del des­tino fi­nal.

Jui­cio fi­nal. La reali­dad crea­da será to­tal­men­te des­ve­la­da en la vic­to­ria de Cris­to, que es el jui­cio fi­nal: en Aquel “que ven­drá a juz­gar a vi­vos y muer­tos y su reino no ten­drás fin”, todo lo que ha sido lla­ma­do a la exis­ten­cia será pues­to bajo la mi­ra­da de la amo­ro­sa so­be­ra­nía de Dios.

Las pro­me­sas de Dios –jus­ti­cia, re­con­ci­lia­ción, paz, li­ber­tad– se rea­li­za­rán en cada uno se­gún la ca­pa­ci­dad de aco­gi­da, ma­du­ra­da en la pro­pia his­to­ria de acep­ta­ción o de re­cha­zo del Amor eterno, en­tra­do en el tiem­po. Aquí se per­ci­be en todo su dra­ma­tis­mo la po­si­bi­li­dad de una con­de­na­ción eter­na, que pri­va de­fi­ni­ti­va­men­te a la per­so­na de la ca­pa­ci­dad de amar, en la cual solo pue­de en­con­trar la fe­li­ci­dad. Sin em­bar­go, sin la po­si­bi­li­dad trá­gi­ca de la con­de­na­ción úl­ti­ma, toda la vi­sión de es­pe­ran­za fun­da­da en la fe de la pas­cua se re­sol­ve­ría en una fan­ta­sía fal­ta de se­rie­dad, en una ex­ce­si­va­men­te fá­cil pro­yec­ción del de­seo. Sólo el ries­go de la li­ber­tad para re­cha­zar la gra­cia y el amor da es­pe­sor his­tó­ri­co y dig­ni­dad a la re­pre­sen­ta­ción de la be­lle­za de la glo­ria fu­tu­ra.

Le­jos de ser eva­sión con­so­la­do­ra, la es­pe­ran­za, que no de­frau­da, com­pro­me­te el co­ra­zón y la vida en una éti­ca y una es­pi­ri­tua­li­dad ple­na con Dios, los hom­bres y el mun­do. El mun­do en­te­ro como pa­tria de Dios no es un sue­ño que elu­de el pre­sen­te, sino ho­ri­zon­te que es­ti­mu­la el com­pro­mi­so y da a todo ser el sa­bor de la dig­ni­dad, gran­de y dra­má­ti­ca al mis­mo tiem­po, que se le ha con­fe­ri­do.

A di­fe­ren­cia de toda idea de re­en­car­na­ción, en­ten­di­da como vuel­ta de una per­so­na que ya ha vi­vi­do, la fe cris­tia­na en la re­su­rrec­ción de los muer­tos afir­ma el va­lor irre­pe­ti­ble de cada per­so­na, la dig­ni­dad y con­sis­ten­cia de todo hom­bre en cuan­to su­je­to cons­cien­te y res­pon­sa­ble de una his­to­ria que le per­te­ne­ce y de la que ha­brá de dar cuen­ta en su uni­ci­dad. Ama­da y re­di­mi­da por Dios en la to­ta­li­dad de su ser, toda per­so­na está lla­ma­da a una alian­za de fi­de­li­dad eter­na con el Dios de la vida y de la his­to­ria.

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  • Autor: Mons. Vicente Jiménez Zamora

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