Análisis

Acerca de los dichos del Felipe Berrios, SJ

El Padre Felipe Berrios, de la Compañía de Jesús, ha emitido en una reciente entrevista (transcrita en parte por los diferentes diarios) una serie de críticas a la Iglesia, en particular a su jerarquía. Algunas de sus afirmaciones pueden ser ciertas, como lo que dice de la economía de mercado, que debe ser regulada, o aquello respecto de que en algunos círculos católicos existe una cierta discriminación por clase social. Sin embargo, la gran mayoría de sus afirmaciones no pueden ser aceptadas desde un punto de vista católico.
Se refiere, me imagino haciendo alusión a los actos litúrgicos, a “ritos sin contenido”. Al parecer cuando este religioso celebra Misa, el hecho de que por sus palabras Cristo descienda al altar (es lo que nos dice nuestra fe católica) le parece algo sin contenido…
 
Asimismo, critica a quienes buscamos una “salvación que Dios se las da gratuita”. ¿Acaso no le enseñaron en sus años de formación que la salvación es un don absolutamente gratuito de Dios? Obviamente, es un don gratuito que requiere de la parte humana aceptar la gracia y dejarse mover por ella. Es cierto, como dice el padre, que las buenas obras no bastan para obtener la salvación; el problema es que no dice que estas buenas acciones deben acompañar a la Fe en Cristo.
 
Luego, produce una distinción dialéctica, propia del sistema marxista, entre la “Iglesia real” y la “Iglesia jerárquica”. Con esta afirmación, deja entrever que la “Iglesia jerárquica” no es la Iglesia verdadera, o, para usar sus palabras, la Iglesia “real”. Extraña leer esta frase viniendo de un hijo de San Ignacio de Loyola (fundador de los jesuitas), que se refería en general a la Iglesia Católica como “Iglesia Jerárquica”, por ejemplo: “debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo Nuestro Señor, que es nuestra santa madre la Iglesia Jerárquica” (Ejercicios Espirituales). El papa Francisco, también jesuita, toma esta visión de San Ignacio al decir: “pidamos al Señor ese fervor apostólico que nos impulse a seguir adelante, como hermanos, todos nosotros: ¡adelante! Adelante, llevando el nombre de Jesús en el seno de la Santa Madre Iglesia, como decía San Ignacio, jerarquía y católica” (Homilía para la Fiesta de San Jorge, 23 de abril de 2013).
 
Critica que la Iglesia se “crea dueña de la salvación”; ciertamente la Iglesia no es la “dueña” de la salvación, pero sí es su depositaria, y en ella encontramos los medios para alcanzar la santidad (nuevamente, eso nos dice nuestra fe católica). Al parecer olvida que en el credo rezamos: “Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica”.
 
Da lástima también ver como obstaculiza el perdón y la reconciliación entre los chilenos trayendo a colación, sin necesidad alguna, los hechos del 11 de septiembre de 1973 y su posterior gobierno militar. Asimismo, alaba el hecho de que Camila Vallejo se integre en política (lo cual en sí mismo no tiene nada malo), olvidando o ignorando que lo hace en el Partido Comunista, cuya ideología no ha causado en el mundo más que dolor, muerte, hambre y pobreza, además de ser, bajo todo punto de vista contraria al Cristianismo (Cf. Encíclica Divini Redemptoris, Papa Pio XI), al punto de perseguirlo incluso el día de hoy (por ejemplo Corea del Norte y China). Por ese motivo, el papa Francisco hizo un llamado hace unos días a rezar por los Católicos en China.
 
Lamenta que los obispos citen al Santo Padre, algo que para cualquier católico debería ser algo normal. Alaba al mismo tiempo que el Papa Francisco se refiera a sí mismo como Obispo de Roma, lo que no es para nada nuevo, ya que es un título que han tenido todos los sucesores del apóstol Pedro.
 
Realiza también gratuitamente una acusación muy grave hacia la jerarquía de la Iglesia, en particular hacia los obispos diciendo que ellos “son gente muy buena que no ha hecho nada malo, pero tampoco ha hecho nada bueno en el sentido que no son capaces de jugársela por los que sufren, por los pobres”. Esto es una injusticia enorme para con tantos pastores-sacerdotes y obispos- que realizan, junto con religiosos, religiosas y laicos, apostolados admirables con aquellos que más lo necesitan, gastándose y desgastándose buscando sanar las pobrezas materiales y, sobre todo, las espirituales de manera discreta, silenciosa y sin publicidad en los medios.
 
Finalmente, acusa al beato Juan Pablo II por haber combatido la teología de la liberación a la cual se refiere como una “iglesia viva y pujante”, matizando al decir que “pudo tener errores”, pero la reconoce como algo muy positivo. Al contrario de lo expresado por el Padre, los católicos vemos en la teología de la liberación un error que pudo tener “buenas intenciones”, pero a fin de cuentas, un error. Esta doctrina, a muy grandes rasgos, consiste en una lectura del Evangelio en clave marxista, resultando en un Cristianismo plano, sin trascendencia hacia lo eterno, dándole a Cristo y a la Iglesia una dimensión meramente política. Critica a Juan Pablo II por su posición contra la teología de la liberación, sin embargo no se trata de una posición personal de aquel Papa, sino una posición de la Iglesia reafirmada por su sucesor. No olvidemos que quien redactó los dos documentos (en 1984 y 1986) acerca de esta teología fue el Cardenal Joseph Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI. En esa misma línea actuó en la década de los ’70 el entonces Padre Jorge Bergoglio, hoy papa Francisco (tan citado por el P. Berrios), cuando fue provincial de los Jesuitas en Argentina, oponiéndose a esta ideología y debiendo llamar al orden a algunos sacerdotes (dos en concreto fueron disciplinados). Esto le valió muchas críticas tanto dentro como fuera de su congregación, así como en los días que siguieron a su elección como Sumo Pontífice. Hay, sin duda, otros puntos discutibles en la exposición del Padre Berrios (así como también algunos rescatables) que no he tocado en estas líneas. Pero creo que aquellos aludidos más arriba nos muestran lo alejado que está el pensamiento de este sacerdote de lo que debe ser la visión católica de la Iglesia.
 
Terminemos leyendo al papa Francisco (en la misma homilía citada antes): “La identidad cristiana es una pertenencia a la Iglesia (…) a la Iglesia Madre, porque no es posible encontrar a Jesús fuera de la Iglesia. El gran Pablo VI decía: Es una dicotomía absurda querer vivir con Jesús sin la Iglesia, seguir a Jesús fuera de la Iglesia, amar a Jesús sin la Iglesia (cf. Exort. Ap. Evangelii nuntiandi, 16). Y esa Iglesia Madre que nos da a Jesús nos da la identidad, que no es sólo un sello: es una pertenencia. Identidad significa pertenencia. La pertenencia a la Iglesia: ¡qué bello es esto!” y luego, más adelante, continúa diciendo “Y así, la Iglesia va adelante, como dice un santo, entre las persecuciones del mundo y los consuelos del Señor (cf. San Agustín, De civitate Dei, 18,51,2: PL 41,614). Así es la vida de la Iglesia. Si queremos ir por la senda de la mundanidad, negociando con el mundo —como se quiso hacer con los Macabeos, tentados en aquel tiempo—, nunca tendremos el consuelo del Señor. Y si buscamos únicamente el consuelo, será un consuelo superficial, no el del Señor, será un consuelo humano. La Iglesia está siempre entre la Cruz y la Resurrección, entre las persecuciones y los consuelos del Señor. Y este es el camino: quien va por él no se equivoca.”