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Jueves, 12 Enero 2012 09:52

Bolivia: el médico amigo de los campesinos Destacado

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Vatican Insider
PIETRO GAMBA PIETRO GAMBA
VATICAN INSIDERE

La experiencia de Pietro Gamba, una vida dedicada a los más pobres, inspirada por una fe profunda

LUCA ROLANDI
(La Paz) El médico de Stezzano vive y trabaja desde hace más de 25 años para aliviar el sufrimiento de treinta mil personas o cien pequeñas comunidades desparramadas sobre una landa intransitable de mil kilómetros cuadrados, que se extiende desde la provincia septentrional de Cochabamba hasta la meridional de Potosí. «Pietro Gamba», escribía Ettore Mo en una carta suya desde Bolivia, «vive donde las minas de plata, plomo, cobre y zinc apestan el aire. Escenario sublime: la cordillera de los Andes a tres, cuatro, cinco mil metros, apenas debajo del Paraíso.»

La aventura de Pietro comienza hace 36 años. Después de dialogar largamente con don Beppe Vavassori, del patronato vincenziano de supueblo, se decide: en 1975, el joven de Bérgamo deja el trabajo de mecánico en Italia y elige dedicar su vida al servicio de los hermanos más desafortunados, buscando acercarse lo más posible a la realidad de los campesinos bolivianos. La objeción de conciencia al servicio militar es el viraje que lo lleva a América Latina para una experiencia de voluntariado internacional. En Challviri, en el departamento de Cochabamba, a 3800 metros de altura en el Chapare, por un período de dos años vive con los campesinos, en sus casas, compartiendo los problemas de la vida cotidiana. El padre de Pietro, que en un principio había tenido dudas sobre la elección, se convierte en su primer defensor.

A causa de una epidemia de sarampión, que ni siquiera los curanderos pueden resolver y que lleva a la muerte
de varios niños de la zona, los campesinos recurren a él como último
recurso. Frente al dramatismo de la situación y la propia incapacidad de enfrentar la epidemia, Pietro decide regresar a Italia con la firme intención de ser médico y un día regresar a Bolivia.

En 1978, a la edad de 26 años, se inscribe en la Universidad de Padua y se gradúa en Medicina en 1984, con
la máxima calificación. El apuro por comenzar la
experiencia como médico en Bolivia y la falta de práctica lo llevan a Suiza para realizar un período de residencia, donde algunas personas sensibles lo seguirán en su obra fundando un grupo de apoyo que lleva su nombre: «Asociación Humanitaria Dr. Pietro Gamba».


El mismo año, regresa a Italia para buscar apoyo para su proyecto, y la primera ayuda llega de Stezzano, su pueblo natal. Con aquel viaje en 1986 comienzan las obras de construcción del hospital, que en poco tiempo termina de construirse. Se trata de una estructura que ofrece primeros auxilios a la población de la
zona, aproximadamente 12 000 personas distribuidas en 79 comunidades situadas en un área de
1000 kilómetros cuadrados. Contemporáneamente a la construcción de este centro de primeros auxilios, inaugurado en 1987, surgen otros proyectos indispensables, como llevar la electricidad a la ciudad de Anzaldo, donde opera Gamba, y al hospital, donde cada año son atendidos 4000 pacientes y se realizan 200 intervenciones quirúrgicas, sobre todo de las enfermedades que afectan particularmente a esas poblaciones.

Pietro Gamba se convierte en amigo y hermano de los campesinos, se casa en Anzaldo, y su familia lo sigue en la acción médica y de ayuda a las poblaciones. Regresa a Italia para reunir apoyo, fondos, ayudas y, sobre todo, para contar con amabilidad y humildad su experiencia. En un bellísimo libro de Riccardo Scotti y Giovanni Diffidenti de la editorial Ananke (Il Medico dei Campesinos [El médico de los campesinos]), el relato de Pietro Gamba se hace historia y testimonio.

De él se han ocupado muchos enviados de grandes publicaciones nacionales, periódicos de inspiración cristiana, suplementos locales. La suya es una historia particular. Vatican Insider se reunió con él recientemente, recogiendo sensaciones y pensamientos de un testigo creíble que ha realizado en su vida una tarea esencial: ayudar, a través de la medicina, a las personas más necesitadas.

—¿Cómo y cuándo nació «su proyecto»?

—Nació cuando tenía 19 años, cuando decidí seguir el espíritu de la no violencia evangélica, realizada en el rechazo del servicio militar obligatorio. Por este motivo, dejé primero el taller mecánico, donde había trabajado durante tres años, y luego el país natal por la «misión». Bolivia fue parte de este camino, primero con los jóvenes huérfanos de La Paz, y luego con los campesinos en Cochabamba, que elegí para servirlos como médico, compartiendo su mundo pobre y esencial. Creo que un episodio que cuento a menudo puede dar la dimensión de mi/nuestro compromiso. Recuerdo a Liboria, una joven que vi pálida y moribunda en su humilde casa de una de nuestras comunidades. Después del parto, continuaba sangrando por la placenta retenida en el útero. El marido me avisó el Viernes Santo, cuando estaba la procesión. Encontrándola en esa situación, la única decisión posible para salvarle la vida era la de llevarla al hospital, cargándola al hombro, ayudándonos con una manta. Nos encontrábamos yo, el marido de Liboria y algunos vecinos. Estos últimos, en lugar de apoyar la decisión del transporte ofreciéndonos ayuda, con motivos débiles de resignación, pretendían convencernos de renunciar, probablemente por el esfuerzo, o porque no creían que se pudiera salvar. Con fuerte determinación, que no dejaba espacio a dudas, fui el primero en cargar a la mujer. Los demás, un poco obligados e imitando el esfuerzo, siguieron mi ejemplo en la difícil subida para llegar a la ambulancia. En el hospital, la mujer fue salvada, y después de este terrible episodio, pudo tener otros dos hijos.

—¿La fe cristiana lo ha ayudado en esta vocación de vida dedicada a los demás?

—Yo me siento una persona normal. La fe para mí fue importante. La cercanía de Dios embellece nuestros días con un respeto, una caridad que nos hacen profundamente diferentes de aquellos que nos circundan. Pienso que la Providencia es algo verdaderamente misterioso, la huella de Dios en el hombre. Es algo que es más grande que nosotros y que nos trasciende. Para mí y para mi familia, la relación con Dios fue y continúa siendo fundamental. Nuestras acciones pueden ser buenas, pero lo que debemos hacer en nuestro camino de vida es pensar en los demás. Sobre todo cuando miras al prójimo y piensas que tu vida se podrá realizar si la compartes con los demás. El Evangelio nos pide que nos acerquemos a los más débiles y necesitados. Según cómo interpretemos el relato de las beatitudes seremos juzgados un día por Jesús. Sobre esto me he jugado la vida. Cuando tomé mi decisión nos encontrábamos en años de grandes transformaciones y turbulencias: el «sesenta y ocho», pero para mí, sobre todo el Concilio Vaticano II, que nos indicó el camino como laicos católicos al servicio del hombre.

—¿Cómo se vive en Bolivia hoy? En su realidad hay colaboración con las autoridades civiles y políticas.

La ayuda no es fácil. Es necesario comprender lo que es justo y mejor hacer por aquellos que piden ayuda. Es importante, además, trabajar con los demás, dialogar, entender cómo actuar para el bien de las personas que se acercan a pedir ayuda: un tratamiento, una ayuda económica, cualquier pedido que nazca de una situación de indigencia. Yo soy un médico que está atento a las señales. No quiero dar respuestas netas. Algo ha cambiado por el hecho de que yo esté y siga con ellos aún después de tantos años. La vida de la población, sin embargo, no ha cambiado: las costumbres, las tradiciones son las mismas. Lo que ha mutado es la relación de confianza y amistad que hemos logrado instaurar. Muchos mueren aún sin creer que pueden curarse. Nosotros, no obstante, estamos y esto quiere decir que pueden salvarse. Actualmente, hay colaboración, pero fue merecida y conquistada, no es debida. Mucha paciencia, trabajo, tolerancia. Pero las dificultades existen siempre. El hecho de que nosotros venimos de afuera para algunos puede causar dificultad.

—Cuando regresa a Italia, ¿qué diferencias encuentra entre el modelo de sociedad en la que vive y el nuestro, que fue también el suyo?

En Occidente hay un gran miedo de morir. Se teme a la naturaleza, a la vida. En nuestras tierras, nos aferramos a demasiadas cosas materiales que nos agregan peso. Nuestro paso en el camino se hace cansador y, a menudo, absurdo. Una sensación de depresión e insatisfacción, de quien cree tenerlo todo pero que no tiene nada dentro. La sensación de estar acabado. Y el único medio para salvarse y salir de este túnel es compartir, pensar en los demás. En Bolivia y en muchas otras partes del mundo, el sentido del respeto por la vida, el hecho de sobrevivir con lo que se produce, aumenta lo que se comparte y la necesidad de estar unidos. Es cierto que en estos lugares no existen los bancos, ni la jubilación, los problemas financieros que agobian a nuestras comunidades occidentales. Decir que somos más buenos nosotros o ellos no tiene sentido. Hay bien y mal en cada uno. Lo importante es que cada uno viva en coherencia y fraternidad la propia vocación humana.

—¿A quién pasará el testimonio de su obra?

—A mi familia, a mi mujer y a mis cuatro hijas. He creído en ellas porque son ellas los testigos capaces de continuar un desafío, un compromiso, un modo para ser creíbles. A ellas dejo deudas, pero también el mensaje de amor por los hermanos más débiles.

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